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Círculo de piedra volcánica: cómo el arte público redefinió la relación con el paisaje en México

Una obra maestra de seis artistas mexicanos que invierte la lógica tradicional de la escultura monumental

Desde una perspectiva aérea, parece un vasto cráter o quizá un antiguo observatorio astronómico. La confusión es comprensible: un círculo perfecto de 120 metros de diámetro, rodeado por 64 prismas de piedra volcánica, emerge del Pedregal de San Ángel en el sur de la Ciudad de México. Sin embargo, esta

Redaccion PresuMex·12/7/2026
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Círculo de piedra volcánica: cómo el arte público redefinió la relación con el paisaje en México

Desde una perspectiva aérea, parece un vasto cráter o quizá un antiguo observatorio astronómico. La confusión es comprensible: un círculo perfecto de 120 metros de diámetro, rodeado por 64 prismas de piedra volcánica, emerge del Pedregal de San Ángel en el sur de la Ciudad de México. Sin embargo, esta obra —inaugurada en 1979— representa uno de los quiebres más significativos en la historia del arte público latinoamericano, no por lo que construye, sino por lo que deliberadamente deja vacío.

Seis artistas mexicanos —Helen Escobedo, Hersúa, Sebastián, Federico Silva, Manuel Felguérez y Mathias Goeritz— plantearon una pregunta radical para su época: ¿es posible crear una escultura monumental donde la propia escultura no sea la protagonista? A finales de los setenta, el arte público en México seguía patrones predecibles: monumentos a personajes históricos, conmemoraciones de eventos nacionales, estructuras que dominaban plazas y espacios urbanos. Este colectivo cuestionó esa lógica y propuso algo distinto: una intervención que invitara al espectador a redescubrir el paisaje que siempre había estado presente pero nunca había sido verdaderamente visto.

La geografía del sitio fue determinante. El Pedregal de San Ángel es un testimonio de la erupción del volcán Xitle hace aproximadamente dos mil años, cuando mantos de lava cubrieron gran parte del sur del Valle de México. La UNAM decidió preservar uno de los fragmentos más representativos de este paisaje ancestral, mientras que el resto del Pedregal desaparecía bajo el crecimiento urbano. Los artistas comprendieron que el terreno mismo —esa roca volcánica milenaria— era la verdadera obra maestra. Su intervención no debía imponerse sobre la naturaleza, sino permitir que el visitante la apreciara desde una perspectiva transformada.

Al caminar por el anillo de prismas, la experiencia es deliberadamente desorientadora. Los bloques de piedra limitan parcialmente la vista del horizonte, provocando un desplazamiento gradual de la atención: de la estructura hacia el paisaje circundante. La confusión inicial —¿es un cráter, un observatorio, una construcción prehispánica?— se resuelve en una revelación: la verdadera escultura nunca fueron los prismas, sino el Pedregal mismo, ahora visto con ojos nuevos. Esta inversión conceptual transformó el espacio en un referente internacional en la intersección entre arte contemporáneo y ecología, décadas antes de que estas disciplinas comenzaran a converger en el discurso global.

La obra desafía la psicología de la percepción: nuestro cerebro busca reconocer formas familiares, y un gran círculo rodeado de roca volcánica activa la búsqueda de explicaciones conocidas. Pero aquí radica su genialidad. No intenta replicar un fenómeno geológico ni una construcción arqueológica; fue diseñada precisamente para exponer cómo interpretamos el espacio y cómo el arte puede reconfigurar esa interpretación. En una ciudad que crece sin tregua, este círculo vacío se mantiene como una pausa deliberada, un espacio donde la naturaleza milenaria continúa siendo el centro de la experiencia estética.

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