Presumiendo Mexico
Cultura

Cultura como potencia: el debate sobre la identidad nacional mexicana

Cómo el legado neoliberal ha moldeado la percepción de México en el imaginario occidental

Un intenso debate rodea la afirmación de que México constituye una potencia cultural. Este fenómeno se agudizó cuando algunos reaccionaron confundiendo el concepto de cultura con las bellas artes, descalificando las expresiones culturales populares y reduciéndolas a meras mercancías. Tales respuestas revelan una insatisfacción profunda con la identidad nacional, donde

Redaccion PresuMex·11/7/2026
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Un intenso debate rodea la afirmación de que México constituye una potencia cultural. Este fenómeno se agudizó cuando algunos reaccionaron confundiendo el concepto de cultura con las bellas artes, descalificando las expresiones culturales populares y reduciéndolas a meras mercancías. Tales respuestas revelan una insatisfacción profunda con la identidad nacional, donde algunos lamentan su pertenencia al país y, a pesar de su confusión, se sienten impulsados a reaccionar. Este desasosiego se avivó aún más por declaraciones que contrastan la cultura mexicana con la economía estadounidense, sugiriendo que, mientras el primero se centra en la memoria colectiva y los valores, el segundo se aferra a la acumulación de riqueza. Las reacciones a esta postura han estado marcadas por un antiguo antimexicanismo que busca defender la cultura estadounidense, resaltando logros como Hollywood. Sin embargo, se ignora el contexto en que se enmarca el discurso sobre el turismo comunitario, que se aleja de la visión convencional del turismo de lujo. Cultura, en este sentido, se entiende como una memoria viva de nuestra sociedad, que trasciende fronteras geográficas y se adentra en lo político y lo moral. El origen de estas reacciones puede rastrearse hasta el discurso neoliberal que se instauró en México durante la administración de Salinas de Gortari, donde se promovía la idea de que el país debía aspirar al 'primer mundo'. Esta división de naciones, basada en regímenes políticos y niveles de pobreza, fue una estrategia de la Guerra Fría para diferenciar a Occidente de los países socialistas. El proyecto ideológico detrás de esto buscaba presentar la blanquitud occidental como el destino inevitable de la historia humana, relegando a pueblos como el mexicano a un estado de 'siempre estar en vías de'. En este imaginario del 'primer mundo', la pobreza y el desorden racial eran invisibles, creando una narrativa en la que lo mexicano era considerado premoderno y atávico. El neocolonialismo se disfrazó de 'ayuda para el desarrollo', y con la desaparición del 'segundo mundo' en 1989, se evidenció el racismo que subyacía en la categorización económica del 'tercer mundo'. Lo que obstaculizaba la expansión de Occidente se etiquetaba como 'subdesarrollo', un término que ocultaba la realidad de la geopolítica. Durante la década de los noventa, bajo el salinismo y el zedillismo, se consolidó la visión de que los países 'desarrollados' habían alcanzado la cúspide de la evolución histórica, libres de desigualdades y problemas sociales. El objetivo era ayudar a las naciones en desarrollo a convertirse en un reflejo de su modelo consumista e industrial. Así, el destino de México parecía ser convertirse en una extensión de Estados Unidos. Sin embargo, esta narrativa convenientemente ignoró realidades como el acceso a servicios básicos y la complejidad de la vida en comunidades marginadas, perpetuando un ciclo de desinformación y desdén hacia lo que representa la cultura mexicana.

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