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Cuando Inglaterra se besaba: el gesto social que una pandemia y el puritanismo borraron

Pocas imágenes resultan tan contraintuitivas como la de una Inglaterra medieval y Tudor donde besarse en plena calle —entre conocidos, huéspedes e incluso desconocidos— era un protocolo social tan ordinario como hoy podría serlo un apretón de manos. Sin embargo, los registros de viajeros europeos entre los siglos XV y

Redaccion PresuMex·7/7/2026
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Cuando Inglaterra se besaba: el gesto social que una pandemia y el puritanismo borraron

Pocas imágenes resultan tan contraintuitivas como la de una Inglaterra medieval y Tudor donde besarse en plena calle —entre conocidos, huéspedes e incluso desconocidos— era un protocolo social tan ordinario como hoy podría serlo un apretón de manos. Sin embargo, los registros de viajeros europeos entre los siglos XV y XVI documentan con sorpresa y, en algunos casos, con evidente deleite, una cultura física y espontánea que contradice por completo la imagen de reserva que el mundo moderno asocia con lo inglés. Entre los testimonios más citados destaca el del veneciano Alessandro Magno, quien en 1562 describió cómo hombres y mujeres se besaban 'en mitad de la calle como en casa', y señaló que un forastero que entrara a un hogar sin besar a la anfitriona en los labios era considerado simplemente maleducado. Antes que él, Enea Silvio Piccolomini —el futuro papa Pío II— había observado costumbres similares en Escocia durante la década de 1430, comparando el beso local con lo que en Italia equivalía a un apretón de manos: un gesto de cortesía sin carga erótica ni afectiva particular. Erasmo de Róterdam, quizás el humanista más influyente del Renacimiento nórdico, fue aún más explícito en su entusiasmo: en una carta a un amigo describió una Inglaterra donde 'dondequiera que hay un encuentro, abundan los besos', y lo invitó a comprobarlo en persona. El declive de esta costumbre no fue gradual ni puramente cultural: tuvo un detonante sanitario preciso. En 1439, en pleno azote de la peste negra, el rey Enrique VI autorizó a sus súbditos a omitir el beso de la mano real —gesto ritual de lealtad— ante el temor al contagio. Esa decisión, aparentemente protocolar, abrió una grieta simbólica en la práctica. Lo que la epidemia comenzó a desarticular, el protestantismo y los valores puritanos lo consolidaron: el beso migró del espacio público al privado, del saludo a la intimidad, y con ello se transformó en el gesto cargado de connotaciones que es hoy. La historia de este cambio es, en el fondo, la historia de cómo una pandemia y una revolución moral pueden rediseñar los códigos más cotidianos de una civilización.

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