Mirar sin monumentos: el arte de viajar hacia lo cotidiano y verdadero
Siete meses en Roma sin pisar el Coliseo. Esa es, quizás, la declaración de principios más honesta que puede hacer una escritora sobre su forma de entender el viaje. Hebe Uhart, una de las voces más singulares de la narrativa latinoamericana del siglo XX, construyó su obra sobre esa premisa:…

Siete meses en Roma sin pisar el Coliseo. Esa es, quizás, la declaración de principios más honesta que puede hacer una escritora sobre su forma de entender el viaje. Hebe Uhart, una de las voces más singulares de la narrativa latinoamericana del siglo XX, construyó su obra sobre esa premisa: que la experiencia auténtica no habita en los monumentos, sino en los márgenes donde la vida cotidiana se vuelve extraña y reveladora. Publicado originalmente en 2003 por Adriana Hidalgo editora, Del cielo a casa regresa a las estanterías más de dos décadas después con la misma vigencia que tuvo en su momento. El libro reúne relatos de viaje que se niegan a funcionar como postales: no hay grandiosidad ni itinerarios, sino dos hombres disfrazados de legionarios romanos, una perrita llamada Azteca y la sorpresa silenciosa de descubrir que una panadería del Vaticano está decorada con ángeles. Son esos detalles —absurdos, tiernos, levemente irónicos— los que Uhart convierte en materia literaria de primer orden. Formada en Filosofía en la Universidad de Buenos Aires y docente durante décadas en distintos niveles educativos, Uhart desarrolló una mirada que combina la precisión analítica con una sensibilidad profundamente humana. Su obra —que abarca crónicas, retratos de personajes anónimos y ficción breve— le valió el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas en 2017, reconocimiento a una trayectoria que transformó lo aparentemente trivial en literatura de largo aliento. Falleció en 2018, pero su legado permanece intacto. Lo que Del cielo a casa propone, en el fondo, es una ética del viaje: la de quien prefiere observar al Papa desde un balcón lejano antes que fotografiarlo, la de quien encuentra más verdad en el lado oscuro de un avión —sin luz, sin vegetación— que en cualquier panorama diseñado para el asombro turístico. En un momento en que el viaje de lujo se redefine cada vez más como experiencia auténtica sobre consumo de imágenes, la prosa de Uhart resulta no solo literariamente valiosa, sino filosóficamente pertinente. Viajar bien, parece decirnos, es aprender a mirar lo que nadie más está mirando.


